EL MURAL DE LA TIJERA

Se abre paso la competencia de la Corte Penal Internacional

José Gregorio Hernández Galindo1
Es natural que la visita a Colombia de Luis Moreno Ocampo, Fiscal de la Corte Penal Internacional, quien no vino propiamente en viaje de turismo, haya suscitado el interés de quienes fueron víctimas de las organizaciones paramilitares, de los defensores de derechos humanos, y de los jueces colombianos, a la vez que la preocupación de los sectores vinculados con los verdugos y con los políticos que con ellos intercambiaron apoyos y favores.
El principio de subsidiariedad en que se funda la justicia internacional en materia de derechos humanos, al que se acoge la Corte Penal Internacional, exige que previamente a la iniciación de investigaciones formales que pudieran llevar a procesos en asuntos de su competencia se establezca con claridad lo que ha hecho o ha dejado de hacer el Estado correspondiente.
Una cosa es clara: si la jurisdicción interna no ha operado, o si en general el Estado ha omitido u obstaculizado el trámite de procesos orientados a realizar en todos los casos los postulados de verdad, justicia y reparación, el Tribunal Internacional adquiere plena competencia. Ese fue el propósito de los países -entre ellos Colombia- que suscribieron y después ratificaron el Tratado de Roma, adoptado el 17 de julio de 1998 por la Conferencia de Plenipotenciarios de las Naciones Unidas.
En consecuencia, hay un designio firme de los integrantes de la Corte, y primordialmente del Fiscal -quien dirige las investigaciones y recauda las pruebas que han de ser llevadas a los magistrados-, en el sentido de no permitir que en el interior de los Estados se logre en la práctica, disfrazando su actitud con procesos puramente formales e irreales, la impunidad de quienes han cometido los peores crímenes contra la humanidad.

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