DERECHO

Justicia de género y Bicentenario

YESID RAMÍREZ BASTIDAS

Parte esencial del crecimiento como  seres humanos es la  sociabilidad con nuestros semejantes, la capacidad de desarrollar el cuerpo racional y emocional a través de la interacción  con las personas que nos  rodean, comprendiendo sus sentimientos, aceptando sus errores y aprendiendo de todas sus cualidades, todo un proceso de retroalimentación que nos ayuda a evolucionar en el camino de escoger lo que creemos más conveniente y desechar lo menos apropiado en la evolución de nuestra identidad como seres únicos y a la vez pertenecientes a la sociedad en que vivimos.

La comprensión de que no somos iguales, aceptando la diferencia en creencias, pensamientos e  ideas, entendiendo que cada individuo es un universo en sí mismo, debe fomentar en nosotros la  tolerancia, el respeto por la opinión de los otros,  su religión, ideología  política, tendencia sexual, la  música de su preferencia, el equipo de fútbol que apoya, tantos aspectos que nos hacen disímiles entre sí y a la vez nos unen como comunidad humana,  porque ser humano es sinónimo de cohesión de los  opuestos.

 La intolerancia ha llegado al extremo de generar violencia, punto culminante de nuestro deterioro como seres inteligentes y racionales. Y si a eso le añadimos  la indiferencia ante el  sufrimiento de nuestros semejantes, a la falta de  empatía con las personas que necesitan  una mano solidaria, hace pensar que debemos ayudar a  impulsar un cambio de  conciencia que retome los valores y las creencias que permitan identificarnos como parte de una  comunidad en que nos necesitamos unos a otros para evolucionar como seres humanos, e inculcar a  nuestros hijos la importancia  de trabajar proactivamente  buscando no sólo su propio beneficio sino la  armonía de los demás, verdadera esencia del espíritu humanitario que debería  impulsarnos  a trabajar para ser cada vez mejores.