Parte esencial del crecimiento como seres humanos es la sociabilidad con nuestros semejantes, la capacidad de desarrollar el cuerpo racional y emocional a través de la interacción con las personas que nos rodean, comprendiendo sus sentimientos, aceptando sus errores y aprendiendo de todas sus cualidades, todo un proceso de retroalimentación que nos ayuda a evolucionar en el camino de escoger lo que creemos más conveniente y desechar lo menos apropiado en la evolución de nuestra identidad como seres únicos y a la vez pertenecientes a la sociedad en que vivimos.
La comprensión de que no somos iguales, aceptando la diferencia en creencias, pensamientos e ideas, entendiendo que cada individuo es un universo en sí mismo, debe fomentar en nosotros la tolerancia, el respeto por la opinión de los otros, su religión, ideología política, tendencia sexual, la música de su preferencia, el equipo de fútbol que apoya, tantos aspectos que nos hacen disímiles entre sí y a la vez nos unen como comunidad humana, porque ser humano es sinónimo de cohesión de los opuestos.
La intolerancia ha llegado al extremo de generar violencia, punto culminante de nuestro deterioro como seres inteligentes y racionales. Y si a eso le añadimos la indiferencia ante el sufrimiento de nuestros semejantes, a la falta de empatía con las personas que necesitan una mano solidaria, hace pensar que debemos ayudar a impulsar un cambio de conciencia que retome los valores y las creencias que permitan identificarnos como parte de una comunidad en que nos necesitamos unos a otros para evolucionar como seres humanos, e inculcar a nuestros hijos la importancia de trabajar proactivamente buscando no sólo su propio beneficio sino la armonía de los demás, verdadera esencia del espíritu humanitario que debería impulsarnos a trabajar para ser cada vez mejores.

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